En la tarde de ese día, …

      

…ibamos tan lejos
que olvidábamos volver…
Víctor Heredia
 

… durante el cual había visitado yo todos los sitios que me eran queridos y que no debía volver a ver, me preparaba para emprender viaje a la ciudad, pasando por el cementerio de la parroquia donde estaba la tumba de María. Juan Ángel y Braulio se habían adelantado a esperarme en él, y José, su mujer y sus hijas me rodeaban ya para recibir mi despedida. Invitados por mí siguieron al oratorio, y todos de rodillas, todos llorando, oramos por el alma de aquella a quien tanto habíamos amado. José interrumpió el silencio que siguió a esa oración solemne para recitar una súplica a la Virgen protectora de los peregrinos y navegantes. Ya en el corredor, Tránsito y Lucía, después de recibir mi adiós, sollozaban cubierto el rostro y sentadas en el pavimento; la señora Luisa había desaparecido; José, volviendo a un lado la faz para ocultarme sus lágrimas, me esperaba teniendo el caballo del cabestro al pie de la gradería. Mayo, meneando la cola y tendido en el gramal, espiaba todos mis movimientos, como cuando en sus días de vigor salíamos a caza de perdices. Faltóme la voz para decir una postrera palabra cariñosa a José y a sus hijas; ellos tampoco la habrían tenido para responderme. A pocas cuadras de la casa me detuve antes de emprender la bajada, para ver una vez más aquella mansión querida y sus contornos. De las horas de felicidad que en ella había pasado, sólo llevaba conmigo el recuerdo; de María, los dones que me había dejado al borde de su tumba. Llegó Mayo entonces, fatigado, y se detuvo a la orilla del torrente que nos separaba; dos veces intentó vadearlo y en ambas hubo de retroceder; sentóse en el césped y aulló tan lastimosamente como si sus alaridos tuviesen algo de humano, como si con ellos quisiera recordarme cuánto me había amado, y reconvenirme porque le abandonaba en su vejez. A la hora y media me he desmontado a la portada de una especie de huerto, aislado en la llanura y cercado de palenque, que era el cementerio de la aldea. Braulio, recibiendo el caballo y participando en la emoción que descubría en mi rostro, empujó una hoja de la puerta y no dio un solo paso más. Atravesé por medio de las malezas y de las cruces de leño y de guadua que se levantan sobre ellas. El sol al ponerse lograba cruzar el ramaje enmarañado de la selva vecina con algunos rayos que amarilleaban sobre los zarzales y los follajes de los árboles que sombreaban las tumbas. Al dar la vuelta a un grupo de corpulentos tamarindos, quedé enfrente de un pedestal blanco y manchado por las lluvias sobre el cual se elevaba una cruz de hierro; acerquéme. En un plancha negra que las adormideras medio ocultaban, empecé a leer: “María …” …

 

“María”

Jorge Isaacs

Cap. LXV

P.p. 153 – 154

 

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