Pasaron tres semanas. …

            
 
 
I want your everything.
As long as it’s free.
 
  Lady Gaga 
 

 

… Natacha no quería ir a ninguna parte y vagaba de una a otra estancia como una sombra, ociosa y desolada. Por la noche, a escondidas de todos, lloraba y no iba a la habitación de su madre. Por cualquier nimiedad se ruborizaba y su carácter se tornó nervioso. Imaginábase que todo el mundo conocía su despecho y que se burlaban o la compadecían. La herida de su amor propio unida a la intensidad del dolor íntimo, aumentaba todavía su desventura.

Un día entró en la habitación de su madre para decirle algo, y súbitamente rompió a llorar. Las lágrimas le caían como a una criatura humillada que ni ella misma sabe por qué la han castigado.

La condesa la apaciguó. Natacha, que primero escuchaba las palabras de su madre, de repente la interrumpió:

_Basta mamá. ¡No pienso ni quiero pensar! Bueno; venía y ha dejado de venir… _La voz le temblaba. Estaba a punto de llorar, pero se contuvo y prosiguió tranquilamente_: No quiero casarme. Me da miedo. Ahora ya estoy tranquila…

Al día siguiente de esta conversación, Natacha se puso un vestido viejo que le gustaba mucho porque se sentía más libre con él, y reanudó su vida ordinaria, de la cual se había apartado desde el día del baile. Después de tomar el té, fue al salón, en el que le agradaba estar por la resonancia que tenía, y se puso a repasar la lección de solfeo.

Cuando hubo terminado la primera lección, se sentó en medio de la sala y repitió una frase musical que le gustaba especialmente. Escuchaba con embeleso el encanto de las notas que, esparciéndose, llenaban toda la vacuidad de la sala y se extinguían lentamente; y, de repente, se sintió alegre. “¿A qué conduce pensar tanto en él? ¡Se está bien así!”, se dijo, y comenzó a pasear de arriba abajo, sobre el entarimado sonoro, pero cambiando de paso a cada momento y dejándose resbalar desde el talón hasta la punta, pues llevaba sus zapatos nuevos preferidos.  Después, alegre, como si oyese el eco de su voz, escuchó el choque regular del talón y el frotamiento de las puntas. Al pasar delante del espejo se miró. “¡Heme aquí!”, parecía decir su cara. Todo está muy bien. No necesito a nadie!”

El criado quería entrar para arreglar el salón, pero Natacha no se lo permitió; cerró la puerta y continuó paseándose. Aquella mañana volvía a su estado predilecto de amor a sí misma y de admiración hacia su persona. “¡Qué deliciosa es esa Natacha! _se decía de nuevo, como si fuese un personaje masculino quien hablara de ella_. Es bonita, tiene una voz encantadora, es joven y no hace ningún mal a nadie. No hay más que dejarla tranquila”. Pero todavía no la dejaban tanquila, no podía sosegarse y en seguida lo advirtió.

La puerta del vestíbulo se abrió; alguien preguntó si estaban en casa los señores. Se oyeron pasos. Natacha se miró en el espejo, pero no se vió. Oyó voces en la antesala. Cuando distinguió las voces se puso completamente pálida. Era “él”, estaba segura, a pesar de que apenas lograba oír la voz  a través de las puertas cerradas.

Pálida y asustada, corrió hacia la sala.

_¡Mamá, Bolkonsky ha venido! ¡Mamá, es terrible, es insoportable! ¡Yo no quiero… sufrir! ¿Qué tengo que hacer?…

 

"La Guerra y la Paz"
León Tolstoi
Pról. por Eva Alejandra Uchmany
P.p. 369-370
 
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